Siempre pensé que los asilos en
todo el mundo eran como los que veía en las películas: mujeres bien arregladas,
conversando o tejiendo y varones bien vestidos concentrados en algún juego de
mesa o viendo algún deporte en el televisor. Cuando tuve la oportunidad de
conocer uno, sentí lástima de mi torpe ingenuidad y después de algunas
lágrimas, tomé valor para enfrentar la realidad.
A estas personas no las visitan a
diario, ni les brindan los mejores cuidados, tampoco se llevan bien entre ellos
porque sencillamente ya no confían en nadie, ya que los seres que ellos mismos
engendraron los han ABANDONADO.
Algunos no logran llevarse el
tenedor a la boca, otros con menos dicha aún, no pueden masticar sus alimentos
por los escasos y débiles dientes que les quedan, muchos gritan en tono de
queja sin saber explicar sus dolencias, la mayoría suplica que los ayudes a ir
al baño, algunos pocos se animan a bailar contigo; resistiendo menos de un
minuto porque hace tres días tuvieron su segunda operación, los más sociables
te cuentan de sus penas coincidiendo en que ya quieren morirse para alejarse
del dolor y la soledad y de paso de la “loca” que grita todo el día (y casi
toda la noche), sin darse cuenta de que ella es solo una más del grupo pero
corrió peor suerte, pues al mismo tiempo que su familia la dejó, la
esquizofrenia llegó a acompañarla.
No sé cuánto tiempo más resistan
ellos esa vida, tampoco cuanta paciencia más tengan sus cuidadoras (me di
cuenta de que ya les queda muy, muy poca) pero sé que logramos disipar su
angustia al menos por un día, aunque al caer la noche y su amarga oscuridad, llegue
el momento de partir y luego de unas manos arrugadas que te sujetan fuerte y
una petición de “por favor quédate” que no puede ser concedida, debes tomar el
doble de valor que tomaste al inicio y cruzar la puerta de salida con ese nudo en la garganta que provoca el
terrible remordimiento de dejar en ellos la sensación de haber sido
NUEVAMENTE ABANDONADOS…

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