Yo aprendí que debo aprender. Así
es, pues si la vida te da una lección y no lo entiendes completamente, te la
volverá a dar, esta vez con más fuerza y no le importará lastimarte mil veces
más hasta que por fin comprendas.
Aprendí que cuando eres niño, lo
único que quieres es crecer, pero cuando al fin se te cumple te das cuenta de
lo duro que es.
Aprendí que si una lágrima cae,
es imposible que detengas las demás y
debes proceder a inventar una excusa para todo aquel que te pregunte ¿por qué
tus ojos están rojos?
Aprendí que no es malo volver con
un ex, lo malo es terminar después de haber vuelto, regresar de nuevo y que eso
se convierta en un círculo vicioso.
Aprendí que “el amor lo puede
todo”, en la mayoría de ocasiones, no es más que una frase cursi y que el
“siempre juntos” o el “felices por siempre” existe muy poco en la vida real.
Aprendí que llorar te desahoga si
lo haces mientras alguien te abraza con fuerza, porque si lo haces sobre tu
almohada solo consigues asfixiarte aún más.
Aprendí que las ojeras te hacen
fea si son porque te dormiste llorando, pero te hacen linda si son porque te
amaneciste hablando con esa persona.
Aprendí que “la salud es lo más
importante” puede parecer un simple grupo de palabras hasta que experimentas el
dolor en carne propia o de modo muy cercano.
Aprendí que si crees en Dios
debes hacerlo siempre y si no lo vas a hacer, decidirte de una vez.
Aprendí que la muerte es producto
de la vida y que es inevitablemente dolorosa cuando llega así que es algo
masoquista atormentarse desde mucho antes pensando en ella.
Aprendí que ser feliz no es un
derecho sino una obligación, todo parte de una decisión y a pesar de cualquier
adversidad siempre existirá algo alterno con lo que podamos sonreír.
Entre muchas otras lecciones más, aprendí que el lado bueno de todo lo malo es que con eso se puede escribir.
Entre muchas otras lecciones más, aprendí que el lado bueno de todo lo malo es que con eso se puede escribir.

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