Imagina que conduces un auto a
toda velocidad por la carretera, pero de pronto todo el frente se llena de
semáforos en rojo, de letreros que anuncian “PARE”, de policías que te dan la
orden de detenerte, entonces se genera un conflicto entre la velocidad en la
que vas y las alertas que recibes, buscas respuestas en los espejos de los
costados y también en el retrovisor y encuentras tu vida como una película, te
ves a ti, riendo, llorando, pero no lo recuerdas, no sabes en qué momento pasó
todo, decides frenar el auto estrepitosamente, te bajas de este quitándote el
cinturón con ansias, te pones de pie en la carretera y miras atrás, entonces te das cuenta de que donde se supone
que estás, solo está tu cuerpo, pues tu espíritu se quedo algo lejos, como
detenido en el tiempo…
Así estaba yo. Era evidente que
no podía ir corriendo en reversa para unirme de nuevo con aquella parte de mí,
así que tenía que inventar un modo para que mi espíritu se anime a alcanzarme.
Primero, comprendí que él no quiso seguir porque lo puse frente a un camino
mediocre y eso iba contra su naturaleza, así que le demostré que me di cuenta
de mi error y estaba dispuesta a cambiar totalmente de dirección, le mostré una
proyección de la nueva idea, de la nueva perspectiva que tenía para la vida, el
se entusiasmó y corrió muy de prisa, me alcanzó rápidamente y supe entonces que
juntos éramos más fuertes. Acabo de llenarme de sueños nuevamente, acabo de
recuperarme a mí misma, acabo de reconocer a la mujer que veo en el espejo, ya
no veo simplemente a alguien que tiene que seguir esa rutina que nunca quiso
hacer suya, ahora me veo a mí, veo esa sonrisa, veo esos ojos brillantes, veo a
alguien segura, veo a alguien dispuesta, veo a alguien valiente y decidida, a
alguien que va a tomar nuevamente las riendas de su vida...
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