Desde aquí veo la felicidad,
está revestida de un verde intenso, tan intenso como el aroma fresco y cálido
que emerge de un enamoramiento a los 17 años. Un verde intenso que llena mi
espacio visual de clorofila e intercala los roles de denotar belleza y majestuosidad
con u sinfín de adornos rojos, que a lo lejos parecen pequeñas criaturas que
juegan felices y traviesas, regocijándose con el canto exquisito de las aves;
pero de cerca, no solo son bellas, sino que son encantadoramente envolventes.
La existencia de este espacio divino,
sería imposible sin la vitalidad que le regala un no muy extenso lago cuya
forma y tamaño se ajustan perfectamente a los demás componentes, para ser parte
de este natural deleite supremo. Los rayos del sol se reflejan en el agua y
hacen parecer que chispas de oro danzan en la superficie. Un poco más atrás,
algunos árboles se asoman para ser admirados también, flameando orgullosos sus
tupidas hojas, saludando al viento y haciendo reverencias a los ojos que
extasiados observan. Aunque aún más lejos, las montañas no quieren quedar fuera
del gran espectáculo resumido en un cuadro de verdor y belleza abundante.
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